Sefarad

Por Enric Bonmatí i Guidonet (Abogado)

  • CAPÍTULO I

    Al hilo de la reciente aprobación por parte del Parlamento español de la Ley en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España, he estado investigando y documentándome sobre el origen y diásporas de los sefardíes, y en este blog os dejo por escrito algunas de mis reflexiones y conclusiones. Lo publicaré por partes para no cansar al lector.

    Los investigadores de la historia de los judíos, entre ellos José Luis Lacave y el profesor de la Universidad Hebrea de Jersulalén Haim Beinart, sitúan el origen de la presencia de los judíos en la península Ibérica en los tiempos del Imperio Romano, muy probablemente en el siglo I de nuestra era, concretamente con motivo de la diáspora ocurrida poco después de la destrucción del segundo Templo de Jerusalén por las tropas romanas del emperador Vespasiano, comandadas por su hijo Tito en el año 70.

    Destrucción y saqueo del Templo de Jerusalén. Óleo sobre lienzo. Nicolas Poussin, 1626

    No obstante, en la Alta Edad Media, la población judía de Hispania se decía descendiente de aquellos que habían llegado a la península Ibérica antes de la destrucción del segundo Templo en el año 70 d.C., quizás para demostrar que no eran descendientes de aquellos que habían crucificado a Jesucristo. Quienes sostenían esta tesis afirmaban que los primeros judíos llegaron a raíz de la destrucción del templo por el rey babilonio Nabucodonosor, en el 587 a.C. No faltaron quienes llegaron a afirmar que descendían de estirpes judías que llegaron a la Península en tiempos del rey Salomón junto a sus aliados de entonces, los fenicios.


    El primer Templo de Jerusalén, incendiado por Nabucodonosor. Biblia historiada, 1372, ilustrada por Petrus Comestor.

    Sea como fuera, los primeros vestigios que hoy tenemos de la presencia de los judíos en la península Ibérica se encuentran en Tarragona, donde se descubrió un sarcófago con una inscripción trilingüe en hebreo, griego y latín que dice: “Paz sobre Israel y sobre nosotros y sobre nuestros hijos, amén” y tiene grabados unos pavos reales, el árbol de la vida y un shofar (cuerno), motivos típicos de las inscripciones hebreas de Tierra Santa, que según Haim Beinart data del siglo II d.C.; asimismo fue hallada una lápida en Tortosa con una inscripción igualmente en hebreo, griego y latín, que probablemente es del siglo II o III d.C., según Haim Beinart.


    Inscripción trilingüe (en hebreo, griego y latín) esculpida en un sarcófago hallado en Tarragona. Museo Sefardí de Toledo, España

    Como hemos visto, las primeras comunidades judías que se asentaron de la península Ibérica lo hicieron en su costa mediterránea, para luego extenderse al resto. El primer documento que prueba la existencia de estas comunidades son los cánones del concilio de Elvira (Illiberis) que la Iglesia española celebró entre los años 303 y 309. En dichos cánones se prueba no sólo que ya existían comunidades judías en Hispania, sino también que estas eran prósperas, sobre todo en la actividad agrícola. La religión judía era una seria competidora de la cristiana, que no era todavía la oficial del Imperio Romano, y el concilio se propone combatir activamente sus avances. Cuatro de los ochenta y un cánones se refieren a los judíos. En el canon 16 se prohíbe a los cristianos contraer matrimonio con mujeres judías bajo pena de excomunión de cinco años. En el 49 se amenaza con la excomunión perpetua a los cristianos que hagan bendecir sus tierras por judíos. El 50 prohíbe que miembros de las dos religiones se sienten a una misma mesa. Por último, el canon 78 sanciona con cinco años de excomunión al cristiano que cometa adulterio con una mujer judía.


    Ilustración del libro de Edgar Hennecke Synod of Elvira, en Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge.

    Es de sobras conocido que, para el judaísmo, Sefarad es Hispania, y sefardí, el judío de origen hispánico. Pero, ¿desde cuándo los judíos identifican Hispania con Sefarad? Puede darnos una pista el libro de Abdías (Obadyā en hebreo), que lleva el nombre de uno de los profetas menores y está incluido en el Antiguo Testamento y en el Tanaj hebreo. Redactado probablemente hacia el 500 a.C., es el libro más breve del Antiguo Testamento, ya que cuenta con sólo veintiún versículos, en un único capítulo.

    En el libro de Abdías (1:20) aparece por única vez en la Biblia el nombre de Sefarad: “La multitud de los deportados de Israel ocupará Canaán hasta Sarepta y los deportados de Jerusalén que están en Sefarad ocuparán las ciudades del Negueb.” Es un lugar incierto, quizás identificable con Sardis o Sparda, sitos en la antigua Persia (Irán) o Asia Menor (Anatolia). Los exégetas judíos de la Biblia identificaron Sefarad con Hispania al menos desde el Targum de Jonatán, traducción al arameo de los libros proféticos realizada por Jonatán ben Uzziel, de cronología discutida, pero probablemente de época romana. A partir de ese momento, en la literatura hebrea postbíblica será habitual referirse a la Península con el nombre de Sefarad; aparece en las obras de autores sefardíes como Isaac Abravanel y Salomón ben Verga, judíos que se negaron a convertirse al cristianismo y partieron hacia el exilio.


    Ubicación de Sardes, en Anatolia

    Como puede verse, es un poco complicado situar históricamente cuándo se identifica Sefarad con Hispania y dónde se ubicaba exactamente. Cabe cuestionarse entonces si Sefarad tiene orígenes bíblicos o no.

    La invasión de la península Ibérica por parte de los visigodos, que se inició en el siglo III d.C., no supuso mayores problemas para los judíos mientras el reino visigodo conservó la religión arriana, ya que, aunque se mantuvo la legislación antijudía del Bajo Imperio Romano de época cristina, los judíos no perdieron su condición de cives romani (ciudadanos romanos) y el judaísmo continuó gozando de un estatus jurídico que garantizaba una cierta libertad religiosa. Por ejemplo, no se les podía obligar a realizar ningún tipo de labor en sábado o en el resto de fiestas judías; y tenían sus propios tribunales para los litigios entre ellos. Así lo recogió el Código de Alarico o Lex Romana Visigothorum, que refundió la normativa tardorromana relativa a los judíos.


    Página del Código de Alarico

    La pesadilla para los judíos dio comienzo en el año 586, cuando el rey Recaredo se convirtió al catolicismo y dictó leyes antijudías en las que se permitía la conversión forzosa de los judíos al catolicismo, lo que suponía una ruptura con toda la legislación anterior. Se prohibieron los matrimonios mixtos entre cristianos y judíos —e incluso que estos pudieran tener concubinas cristianas—, el acceso a los cargos públicos, la compra de esclavos cristianos, y la circuncisión de los esclavos que ya poseyeran —en ese caso el esclavo debería ser liberado y el amo se convertiría en esclavo del Tesoro—, etc. Aunque también se introdujo la obligación de bautizar a los hijos nacidos de matrimonios o concubinatos mixtos, como nos cuenta E.A. Thompson.


    La conversión de Recaredo. Óleo sobre lienzo. Antonio Muñoz Degrain, 1888

    La pesadilla iniciada por Recaredo se convirtió en un problema sin solución cuando el rey Sisebuto dictó una ley en el año 612 por la que se obligaba a todos los judíos a convertirse al cristianismo o a salir del país. En ese momento se produjo la primera de las diásporas de judíos hispanos, ya que muchos de ellos huyeron de las persecuciones y crueldades del rey visigodo Sisebuto, pero también de las de sus sucesores Chintila, Recesvinto, Ervigio y Égica. Sisebuto aprobó en seguida dos nuevas leyes contra los judíos. En la primera, les prohibía tener esclavos cristianos, con el propósito de conseguir lo más rápidamente posible su liberación, aunque esto no significaba que se convirtieran en hombres libres, sino que sus propietarios estaban obligados a venderlos a compradores cristianos a un precio razonable, aunque se les ofrecía la posibilidad de manumitirlos (liberarlos). Si antes del 1 de julio de 612 un judío todavía poseía esclavos cristianos, le sería confiscada la mitad de sus bienes y el esclavo obtendría la libertad. La segunda, tras ratificar la prohibición absoluta de los matrimonios mixtos, se obligaba a separar a los cónyuges si la parte infiel se negaba a convertirse al cristianismo, recayendo sobre ellos la pena de destierro perpetuo y la confiscación de todos sus bienes. Sisebuto contó con la plena colaboración de la Iglesia para su durísima política antijudía. En el VIII Concilio de Toledo, Recesvinto recordó que el judaísmo era la única herejía sacrílega que quedaba en el reino, señalando además que había muchos conversos que renegaban de la fe cristiana después de ser bautizados. Chintila obligó a los judíos de Toledo a abjurar de los ritos y prácticas de su fe. Ervigio ordenó a los judeoconversos presentarse ante el obispo, sacerdote o funcionario civil de su lugar de residencia todos los sábados y días de fiestas cristianas y judías, bajo pena de decalvación y cien azotes. Además, durante esos días, las mujeres judías debían ser acompañadas por mujeres cristianas para evitar que los clérigos que tenían la obligación de vigilarlas pudiesen cometer con ellas actos deshonestos. Por último, Égica convocó el XVIII Concilio de Toledo, en el que consiguió que los obispos ordenasen la esclavitud perpetua de los judíos, conversos o no. Dicha orden provocó una gran diáspora: muchos judíos hispanos se exiliaron y se establecieron en el norte de África (especialmente Mauritania) y en ciudades bizantinas.


  • CAPÍTULO II

    En el año 711, poco después de la muerte del profeta Mahoma, se produjo la invasión musulmana de la Península, a la que los judíos prestaron colaboración. Entonces se acabó la pesadilla vivida bajo las persecuciones de los reyes visigodos y de la Iglesia Católica. Casi inmediatamente después, parece ser que se produjo una inmigración de judíos a la Península desde el norte de África.


    Grabado de Theodor Hosemann que representa a Tāriq ibn Ziyād dirigiendo, en abril de 711, la primera expedición musulmana a la Península

    Para los judíos, los musulmanes fueron más libertadores que invasores, ya que respetaron y toleraron las prácticas mosaicas y confiaron en la capacidad política de los judíos; prueba de esto es que se les encomendase en ocasiones la defensa de plazas conquistadas a los cristianos, tales como Granada, Sevilla o Toledo. Entre los mozárabes -nombre con el que se conocía a la población cristiana de origen hispano-visigodo- se conservó la tradición de que la pérdida cristiana de la Península tuvo una participación directa de los judíos; entre los cronistas cristianos, precursores y fuentes de la historiografía alfonsí, el primero que acusó a los judíos de colaboracionismo en la invasión musulmana es Lucas de Tuy en su Chronicon mundi; Alfonso X, en su Estoria de España, acusa a los judíos de haber acordado con los musulmanes la invasión, y muchos otros cronistas e historiadores fueron del mismo parecer. Según algunos autores, bajo la dominación musulmana de la península Ibérica, los judíos vivieron su edad de oro cultural, ya que reinó una tolerancia general hacia la sociedad judía, por lo que su cultura, su religión y su economía florecieron.

    La investigadora Rebecca Weiner, una vez documentada, nos dice, en su artículo “Sephardim”, que después del año 912, bajo el reinado de Abd-al-Rahman III y bajo el de su hijo Al-Hakam II, los judíos prosperaron, dedicándose al servicio del Califato de Córdoba, al estudio de las ciencias y al comercio y a la industria, contribuyendo a la prosperidad del país. En Toledo, participaron en la traducción de textos árabes a las lenguas romances, así como del griego y el hebreo al árabe. Los judíos contribuyeron al avance de la botánica, la geografía, la medicina, las matemáticas, la poesía y la filosofía.

    El ministro y físico de la Corte de Abd-al-Rahman III fue Hasdai ben Isaac,el patrón de Menahem ben Saruq, Dunash ben Labrat, y otros eruditos y poetas judíos. El pensamiento judío florece con figuras como Samuel Ha-Nagid, Moses ibn Ezra, Solomon ibn Gabirol, Judah Halevi y Moses Maimónides.


    Estatua de Maimónides, obra de Amadeo Ruiz Olmos, 1964. Córdoba, España

    Durante el reinado de Al-Abderramán III, el erudito Moses ben Enoch fue nombrado rabí de Córdoba y, como consecuencia, al-Ándalus se convirtió en el centro del estudio del Talmud, y Córdoba, en el punto de encuentro de los sabios judíos.

    Página de un manuscrito del Talmud de Jerusalén, encontrada en la pirámide de Gizeh

    Durante un tiempo, los judíos disfrutaron de una autonomía parcial como dhimmíes, sometidos al pago de un impuesto personal llamado yizia, que se administraba por separado del zakat que pagaban los musulmanes. La yizia ha sido considerada un pago por no prestar el servicio militar, como un tributo, etc. Los judíos tenían su propio sistema legal y sus servicios sociales. Las religiones monoteístas, agrupadas bajo el nombre de Gente de Libro, eran toleradas pero siempre que evitasen todo tipo de manifestaciones multitudinarias o que pudiesen llamar la atención, como las procesiones de fe o las campanas.

    Los judíos vivían separadamente en aljamas o juderías (en Cataluña y las Baleares se les llamaba calls, palabra catalana derivada del hebreo qahál ‘asamblea, sinagoga’). Podían administrar sus comunidades y negocios. Dichas juderías no pueden confundirse con los guetos que existían en Europa, ya que durante la dominación musulmana la segregación espacial respondía tanto a la discriminación practicada por las comunidades mayoritarias como al deseo por parte de las comunidades judías de mantener su identidad. Además, disponían de su propio sistema judicial, conocido como Bet Din. Los rabíes ejercían de jueces religiosos y civiles.

    Miniatura de una hagadá (Hagadá Hermana, Arte Sefardí, Barcelona, 1350). Presenta el interior de una sinagoga, con la lectura de la Torá (La vida judía en Sefarad)

    María Rosa Menocal, especialista en literatura ibérica en la Universidad de Yale, sostiene que “la tolerancia era un aspecto inherente a la sociedad andalusí”. No obstante, Mark Cohen, profesor de estudios de Oriente Próximo en la Universidad de Princenton, dice que el mito de una utopía interreligiosa” fue proclamado en primer lugar por historiadores judíos, como Heinrich Graetz en el siglo XIX como un reproche hacia los países cristianos por su comportamiento hacia los judíos.

    La cultura islámica también influenció a los judíos. Las costumbres y prácticas de los musulmanes y las de los judíos experimentaron una simbiosis. Por ejemplo, el árabe se utilizaba en las oraciones más que el hebreo o el castellano. Antes de entrar a la sinagoga, los judíos se lavaban las manos y los pies, costumbre que practicaban también los musulmanes. Los judíos usaban melodías árabes para sus canciones. Los judíos vestían al estilo de sus vecinos moros, aunque tenían prohibido ponerse sedas o pieles.

    Según el historiador Joseph Pérez, “los judíos son los primeros que han idealizado retrospectivamente la situación de sus antepasados. […] No son lo mismo la cultura judía y la cultura de los judíos. La Hispania medieval no conoció más que dos culturas dominantes y dominadoras: primero la musulmana, y luego la cristiana; los judíos se incorporaron a la una y después a la otra, pero cultura judía como tal no la hubo… Adoptaron los modelos culturales dominantes; en primer lugar, la lengua árabe, que les permitía acceder a un caudal literario, filosófico y científico de extraordinaria riqueza. Asimilaron perfectamente la cultura árabe, y en esto estriba su éxito y su prestigio en al-Ándalus, un prestigio intelectual que no coincide ni mucho menos con una mejora sustancial de las condiciones de vida de la masa del pueblo hebreo. El mismo caso de Maimónides lo demuestra… Se le puede considerar, además de gran pensador y teólogo judío, como uno de los mejores exponentes de la civilización islámica de su tiempo. […] Los judíos occidentales se asimilaron, no en religión, pero sí en cultura, entre otras razones porque carecían de lengua propia (el hebreo era una lengua viva sólo entre los rabinos); adoptaron la lengua y la cultura de la sociedad en la que vivieron. […] Resulta, pues, excesivo idealizar aquel período y seguir hablando de una época de esplendor de la cultura judía”.

    Los judíos vivieron pacíficamente en al-Ándalus durante cuatrocientos años. La edad de oro de los judíos en al-Ándalus declinó después de que los almorávides ganaran poder en el año 1055, y continuó deteriorándose tras la llegada al poder de los almohades, en 1147. Los judíos continuaron trabajando como prestamistas, joyeros, zapateros, sastres y tintoreros, aunque tenían que llevar ropa diferente, como un turbante amarillo.


    La judería de Granada estaba en el arrabal de la colina del Mauror, o loma de Albahul

    No obstante, Frederick Schweitzer y Marvin Perry coinciden en afirmar que existen dos concepciones de lo que realmente fue el status judío bajo el Islam: la tradicional “edad de oro” y la revisionista “persecución y pogromo”. Alegan que esta visión idealizada de los historiadores judíos del siglo XIX fue recogida por los musulmanes árabes después de 1948 como “un arma árabo-islamista en lo que básicamente es una lucha ideológica y política contra Israel” e ignora “un catálogo menos conocido de masacres y odios”, incluyendo los pogromos contra los judíos en Córdoba en 1011 y en Granada en 1066.

    A comienzos del año 1090, la situación de los judíos empeoró con la invasión de los almorávides, una secta rigorista islámica de monjes-soldado salidos de grupos nómadas provenientes del Sáhara. Bajo su gobierno, algunos judíos prosperaron, sobre todo bajo Ali ibn Yusuf, más que con su padre Yusuf ibn Tasufin. Entre aquellos que ostentaron el título de visir o “nasi“ en tiempos de los almorávides, se hallan el poeta y físico Abu Ayyub Solomon ibn al-Mu’allam, Abraham ibn Meïr ibn Kamnial, Abu Isaac ibn Muhajar, y Solomon ibn Farusal, que fue asesinado el 2 de mayo de 1108. Los almorávides fueron expulsados de la Península en 1148, pero su lugar sería ocupado por los almohades, quienes eran, incluso, más puritanos. Bajo su gobierno, muchos judíos fueron obligados a aceptar el Islam; los conquistadores usurparon sus propiedades y apresaron a sus familiares, que serían vendidos como esclavos. La mayoría de las instituciones educativas judías fueron cerradas, y las sinagogas, destruidas.


    Almohades de los siglos XII y XIII: 1, príncipe emir almohade; 2, infante andaluz con gambesón o jubón acolchado, casco circular con careta y adarga circular; 3, jinete de la guardia personal. Autor: Angus McBride, para Osprey


  • CAPÍTULO III

    Durante el reinado de estas dinastías bereberes, muchos judíos y algunos eruditos musulmanes abandonaron al-Ándalus y emigraron hacia Toledo, ciudad que había sido reconquistada en 1085 por fuerzas cristianas.

    Según Raúl Valdeón Luque, desde el inicio de la reconquista de la Península por los cristianos, que tuvo lugar desde el año 722 hasta el siglo XIV, los judíos de los reinos cristianos de la península Ibérica habían sido “tolerados”, entendiendo esta palabra en sentido negativo, de permitir lo ilícito porque se obtiene de él alguna utilidad. En una carta enviada por los Reyes Católicos al Concejo de Bilbao en 1490 se decía que “de derecho canónico y según las leyes de nuestros reinos, los judíos son tolerados y sufridos y Nos les mandamos tolerar y sufrir que vivan en nuestros reinos, como nuestros súbditos y vasallos”.


    Don Pelayo. Batalla de Covadonga

    Como ha señalado Joseph Pérez, “hay que desechar la idea comúnmente admitida de una España donde las tres religiones del Libro —cristianos, musulmanes y judíos— habrían convivido pacíficamente durante los dos primeros siglos de la dominación musulmana y, más tarde, en la España cristiana de los siglos XII y XIII. La tolerancia implica no discriminar a las minorías y respetar la diferencia. Y, entre los siglos VIII y XV, no hallamos en la Península nada parecido a la tolerancia”. Henry Kamen, por su parte, afirma que “las comunidades de cristianos, judíos y musulmanes nunca habían vivido en pie de igualdad; la llamada convivencia fue siempre una relación entre desiguales”. En los reinos cristianos, destaca Kamen, tanto judíos como musulmanes eran tratados “con desprecio” y las tres comunidades “vivían existencias separadas”.

    La primera ola de violencia contra los judíos en la península Ibérica se produjo en el reino de Navarra como consecuencia de la llegada en 1321 de la cruzada de los pastorcillos desde el otro lado de los Pirineos. Las juderías de Pamplona y de Estella son masacradas. Dos décadas más tarde, el impacto de la peste negra de 1348 provoca asaltos a las juderías de varios lugares, especialmente las de Barcelona y de otras localidades del Principado de Cataluña.


    Quema de judíos acusados de ser los causantes de la epidemia de peste negra de 1348-1351

    En la Corona de Castilla, la violencia antijudía se relaciona estrechamente con la guerra civil del reinado de Pedro I, en la que el bando que apoya a Enrique de Trastámara utiliza el antijudaísmo como arma de propaganda, y el pretendiente acusa a su hermanastro, el rey Pedro, de favorecer a los judíos. Así, la primera matanza de judíos, que tuvo lugar en Toledo en 1355, fue ejecutada por los partidarios de Enrique de Trastámara cuando entraban en la ciudad. Lo mismo sucedió once años más tarde, cuando ocupan Briviesca. En Burgos, los judíos que no pueden pagar el cuantioso tributo que se les impone en 1366 son reducidos a esclavitud y vendidos. En Valladolid, la judería es asaltada en 1367 al grito de “¡Viva el rey Enrique!”. Aunque no hay víctimas, las sinagogas son incendiadas.

    De nuevo Rebecca Weimer nos cuenta que los disturbios antijudíos estallaron en 1391 en varias ciudades de la Corona de Castilla y de la de Aragón y que la situación empeoró para la comunidad judía.

    Cristianos nuevos (conversos) fueron torturados y/o asesinados bajo la Inquisición española durante el siglo XV. El padre Tomás de Torquemada temía que, si los judíos permanecían en España, luego influirían en los nuevos conversos al cristianismo. Después de la toma de Granada de las fuerzas musulmanas, el Padre Torquemada convenció al rey Fernando y a la reina Isabel de que la comunidad judía era prescindible.

    En 1492, Isabel y Fernando ordenaron que todos los judíos que se negaban a convertirse al cristianismo fueran expulsados de sus dominios. Les dieron cuatro meses para marcharse, y se vieron obligados a vender sus casas y negocios a precios bajos. Se estima que en aquel momento cien mil judíos dejaron Castilla, Aragón y Cataluña.


    Expulsión de los judíos de España (año 1492), según Emilio Sala

    Según Joseph Pérez, en el momento de la expulsión los judíos no llegarían a 150.000, repartidos en 35 aljamas de la Corona de Aragón y en 216 en la de Castilla. Y en ambas coronas se observa que los judíos habían abandonado las grandes ciudades y vivían en las pequeñas y en las zonas rurales, menos expuestas “a los desmanes de los cristianos”.

    La expulsión de las coronas de Castilla y Aragón la recuerdan cada año todos los judíos en la festividad de Tishá Be Av, en la que también se conmemoran la primera y la segunda destrucciones del Templo de Jerusalén.

    Muchos de los judíos expulsados se establecieron en Portugal, cuyo rey permitió la práctica del judaísmo. En 1497, sin embargo, Portugal también expulsó a sus judíos. El rey Manuel de Portugal accedió a casarse con la hija de los monarcas de Castilla y Aragón. Y una de las condiciones para el matrimonio fue la expulsión de la comunidad judía.

    Los historiadores actuales prefieren situar la expulsión en el contexto europeo y destacan, como Luis Suárez Fernández o Julio Valdeón, que los Reyes Católicos en realidad fueron los últimos de los soberanos de los grandes estados europeos occidentales en decretar la expulsión —el reino de Inglaterra lo hizo en 1290; el reino de Francia, en 1394; en 1421 los judíos son expulsados de Viena; en 1424, de Linz y de Colonia; en 1439, de Augsburgo; en 1442, de Baviera; en 1485, de Perugia; en 1486, de Vicenza; en 1488, de Parma; en 1489, de Milán y Luca; en 1493, de Sicilia; en 1494, de Florencia; en 1498, de Provenza. El objetivo de todos ellos era lograr la unidad de fe en sus estados, un principio que quedará definido en el siglo XVI con la fórmula “cuius regio, eius religio“, según la cual los súbditos debían profesar la misma religión que su príncipe.

    Como ha destacado Joseph Pérez, con la expulsión “se pone fin a una situación original en la Europa cristiana: la de una nación que consiente la presencia de comunidades religiosas distintas”, con lo que “vuelve a ser una nación como las demás en la cristiandad europea”. “La Universidad de París felicitó a España por haber llevado a cabo un acto de buen gobierno, opinión que compartieron los mejores espíritus de la época (Maquiavelo, Guicciardini, Pico della Mirandola, etc.) […] Era la pretendida convivencia entre credos lo que extrañaba a la Europa cristiana”.


    Expulsiones de comunidades judías europeas entre 1100 y 1600. Las principales rutas que siguieron los judíos de las coronas de Castilla y Aragón están marcadas en marrón claro

    En la primera diáspora sefardí, un gran número de judíos se estableció en el norte de África y en el Imperio Otomano, sobre todo Turquía y Grecia. Los exiliados llevaron con sí una cultura única y un idioma (ladino), así como sus tradiciones. Muchos de estos inmigrantes continúan hablando ladino en la actualidad.

    La diáspora de los marranos (término derivado del árabe muarrám, ‘declarado anatema’, que se aplicaba a los judíos conversos acusados de judaizar ocultamente), tuvo lugar un siglo después. Algunos que se habían establecido en Portugal se trasladaron finalmente a los Países Bajos, donde se les permitió practicar abiertamente el judaísmo. Muchos se establecieron en Europa occidental y otros se trasladaron a América. Los marranos que se asentaron en América Latina siguieron practicando durante muchos años el criptojudaísmo, ya que España comenzó una inquisición en sus colonias del Nuevo Mundo. El miedo a la persecución les llevó a establecerse en aldeas remotas. Hoy en día se pueden encontrar descendientes de los marranos en Colorado y Nuevo México.


    Marranos. Ceremonia secreta en España en la época de la Inquisición. Pintura de historia del artista ruso-judío Moshe Maimon, 1893

    Volviendo a la pregunta de cuándo se produce la identificación de Sefarad con la península Ibérica, parece que no fue en la Edad Media, sino después de la expulsión de los judíos de España en 1492. De Sefarad toman su nombre los sefardíes, descendientes de los judíos originarios de España y Portugal.

    El arabista Emilio García Gómez, a quien cita el historiador Joseph Pérez, cree inapropiado el uso del término sefardí para referirse a todo lo relativo a los judíos españoles de la época medieval. El origen del término sefardí, según Pérez, sería posterior a la expulsión de 1492 y acaso un modo de distinguir a los judíos procedentes de la península Ibérica de los que ya residían en otros lugares (por ejemplo, de los askenazíes); a raíz de ello, prefiere reservar las palabras Sefarad y sefardí a épocas posteriores a 1492.

    Pero ¿todos los judíos expulsados de la península Ibérica eran sefardíes?

    Para algunos especialistas en temas hebraicos, como Eduard Feliu, es una clara distorsión histórica utilizar el topónimo Sefarad para aplicarlo a todo el territorio peninsular, al igual que utilizar el gentilicio sefardí para designar a todos los judíos que vivían en los diferentes reinos de la península Ibérica en la Edad Media. Esta terminología no se puede utilizar indiscriminadamente y referida a los judíos de zonas que no fueron nunca territorio de Sefarad en época medieval.

    Muchos investigadores actuales ya hace tiempo que utilizan el término Sefarad de modo correcto, y así lo demuestran en numerosos artículos en que aclaran los aspectos más decisivos de por qué no se puede incluir dentro de este topónimo toda la Península o lo que es actualmente España. Algunos de estos investigadores son Ariel Toaff, Simon Schwarzfuchs, Eduard Feliu y BZ Benedikt. Este último autor dice claramente en su libro Merka ha-Tora be-Provenza, publicado en Jerusalén en 1985, que los sabios judíos catalanes no eran considerados en absoluto como pertenecientes a Sefarad. Desde la invasión de los árabes, Sefarad era el nombre hebreo para designar las tierras musulmanas de al-Ándalus —en mengua constante por el avance de la Reconquista. Los reinos del Norte eran genéricamente para los judíos de las tierras de Edom (reinos cristianos), como muy bien dice Maimónides en el Mixné Torá, además de tener cada reino su nombre específico: Castilla, Aragón, Navarra, León, etc.

    Khasdai ibn Saprut, en su carta al rey del kházaros, decía: “Sabe que el nombre del país donde habitamos es Sefarad en la lengua santa y al-Ándalus en la lengua de los ismaelitas que lo habitan.” Se puede encontrar esta cita en el libro de Franz Kobler Letters of the Jews through the ages, publicado en Inglaterra en 1953, donde queda claro que Sefarad es al-Ándalus y no otras tierras.


    Salomó Vidal, un prestamista judío de Vic. Liber Iudeorum, 1334-1340. Tinta sobre papel. Arxiu Episcopal de Vic (Cúria Fumada). Facsímil del Museu dels Jueus de Girona

    Maimónides, en el Mixné Torá, nos dice: “Es costumbre entre los judíos de Sefarad, África del Norte, Babilonia y Eretz Israel extender en el suelo de las sinagogas alfombras para sentarse, mientras que en los países de Edom se sientan en sillas.” Aquí se hace una diferencia clara entre Sefarad y el resto de territorios islámicos y los territorios cristianos, que denomina “tierras de Edom”. Esta referencia se encuentra en el vol. II del Mixné Torá, en el capítulo sobre las normas de la oración.

    Avraham ibn Daud explica, en el Sefer ha-Qabbalah, que Itskhaq ben Ruben al Barceloní se trasladó a Sefarad (a la Denia musulmana) desde otro país: Barcelona. Avraham ibn Daud consideraba, pues, que Barcelona, el condado de Barcelona, no pertenecía a Sefarad.

    Iafudà ben Barzilai, de Barcelona, en su Sefer ha-Ittim, en la publicación de 1903 en Cracovia, contrapone las tierras musulmanas de Sefarad con las cristianas de Edom, y aquí se hace referencia al tipo de nomenclatura utilizada por Maimónides.

    Existe, pues, mucha documentación de primera mano, es decir de autores judíos medievales que tienen muy clara la terminología de Sefarad y a qué territorios se aplicaba en el momento en que ellos vivían en dichos territorios. Son ellos los que debían saberlo mejor, pues era su realidad.

    Sefarad no incluyó Cataluña hasta bien entrado el siglo XVI, cuando ya no existían judíos reconocidos en nuestras tierras y los judíos de fuera comenzaron a emplear este topónimo para nombrar las tierras peninsulares.

    Esto quiere decir que los judíos que vivían entre nosotros tenían como lengua materna el catalán, siendo el hebreo su lengua de estudio y de liturgia. Son numerosos los documentos confeccionados y firmados por alcaldes judíos, juristas judíos y secretarios judíos escritos en catalán con notas en hebreo, incluso documentos internos de las aljamas que demuestran que la lengua usada corrientemente era el catalán.


    Pintura mural de Rabí Moisé ben Nahman, en la pared del Auditorio de Akko, Israel, de autor desconocido

    Los judíos catalanoparlantes de las tierras catalanas no se hacían con los de Castilla (hoy España), sino con sus hermanos occitanos, como lo prueba la figura señera de esta cultura, el rabí Bonastruc ça Porta (Moixé ben Nahman) que da nombre al Museo de Historia de los Judíos de la ciudad de Girona. El nombre que ellos mismos se daban era el de elamitas, que, como en el caso de los sefardíes, deriva de la Biblia.


  • CAPÍTULO IV

    La profesora Celia Prados García, del Departamento de Derecho Internacional Privado e Historia del Derecho de la Universidad de Granada, en su magnífico artículo “La expulsión de los judíos y el retorno de los sefardíes como nacionales españoles. Un análisis histórico-jurídico”, nos dice que no es hasta el siglo XIX cuando la sociedad española conoce de la existencia de sefardíes en el extranjero; descendientes de los judíos expulsados de España en 1492 que habían conservado las costumbres de sus antepasados. Así, encontramos testimonios de españoles que en plena Guerra de África de 1860 son sorprendidos en Tetuán por judíos que hablaban castellano con un acento particular y vivían en casas amuebladas “a la española” (Pedro Antonio de Alarcón. Diario de un testigo de la guerra de África, 1859: 192).

    Continúa diciendo la citada profesora que, con carácter previo a 1860, destacan los intentos de Manuel de Lira y Pedro Varela de hacer derogar el Edicto de expulsión de 1492. Don Manuel de Lira propuso la derogación de la orden de expulsión en aras a abrir un nuevo frente comercial con mercaderes judíos. En ningún momento habla explícitamente de sefardíes, pues en dicho proyecto el secretario propone “la admisión de herejes (protestantes) y judíos a las posesiones de América, cuyos puertos les serían legalmente abiertos (José Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los judíos en España y Portugal, vol. 3, 1875: 548)”.

    De nuevo, el historiador Joseph Perez nos dice que a raíz de los pogromos antijudíos que se produjeron en los Balcanes y en Rusia en las dos últimas décadas del siglo XIX, el embajador español en Estambul informó al Gobierno de Madrid de la existencia en el Imperio Otomano de muchas comunidades sefardíes que seguían hablando castellano, destacando las de Salónica y las de la capital. El embajador, el conde de Rascón, sugirió al Gobierno que acogiera en España a los judíos sefardíes que quisieran huir y que además se mantuviera un contacto permanente con los que siguieran viviendo en los Balcanes y en Oriente Próximo, poniendo en marcha una política de acercamiento cultural. Propuso también que se establecieran “líneas de vapores desde Sevilla hasta Odesa, al modo de lo que hacen ingleses y franceses”, y que se crearan institutos de segunda enseñanza en Salónica y en Estambul. “De este modo tendrá España en Oriente medios más fáciles de aumentar sus relaciones mercantiles y de extender algún día su influencia”, concluía el conde de Rascón. Al final fueron a España muy pocos judíos, entre otras razones porque el gobierno español no estaba dispuesto a pagarles los gastos del viaje.


    Familia judía de Salónica en 1917

    Según Gonzalo Álvarez Chillida, el doctor Ángel Pulido Fernández, que en el verano de 1883 había realizado un viaje por el Danubio y Europa oriental, en un artículo publicado en el diario El Liberal dio a conocer, para su sorpresa, que se había encontrado con varios judíos que hablaban castellano y que le informaron de la existencia de importantes comunidades sefardíes en Serbia, Bulgaria y Rumanía, países recientemente independizados del Imperio Otomano, así como en la propia Turquía.

    A partir de entonces el doctor Pulido, que fue nombrado senador, inició una intensa campaña a favor del acercamiento a los sefardíes, en colaboración con el rabino de Bucarest, Enrique Bejarano. En 1903, presentó en el Senado una proposición para que se nombrasen cónsules en las principales ciudades de los Balcanes con el fin de atender a los sefardíes, además de abrir escuelas en castellano y establecer relaciones comerciales con ellos. Para apoyar la propuesta, publicó artículos en la prensa que luego fueron recogidos en un libro titulado Intereses nacionales. Los judíos españoles y el idioma castellano, al que le siguió otro publicado en 1905: Intereses de España. Españoles sin patria y la raza sefardí, en el que proponía “reconquistar al pueblo judeo-español”, pero no su regreso masivo a España, lo que sería a su juicio “un desatino”.


    Busto del doctor Pulido en Madrid (1954), obra de Miquel Blay

    Para Álvarex Chillida y Joseph Pérez, la campaña de Pulido tuvo una gran resonancia y consiguió el apoyo de varios intelectuales, como Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, José de Echegaray, Emilia Pardo Bazán, Juan Valera, e incluso Marcelino Menéndez Pelayo, y logró que en 1909 se permitiera la apertura de sinagogas en España. Al año siguiente, fundó la Alianza Hispano-Hebrea, que tuvo el apoyo de Galdós, Vicente Blasco Ibánez, Segismundo Moret, Canalejas y Cansinos Assens; y en 1920 la Casa universal de los sefardíes, en cuya creación también participaron importantes políticos conservadores como Antonio Maura, La Cierva, liberales como el conde de Romanones y Niceto Alcalá-Zamora, reformistas como Melquiades Álvarez y republicanos como Alejandro Lerroux, a la que se adhirió la Federación de Asociaciones Hispano-hebreas de Marruecos. Ese mismo año se constituyó legalmente la comunidad judía de Madrid, presidida por el banquero Ignacio Bauer y que en 1917 había inaugurado su sinagoga en un piso de la calle Príncipe en presencia de las autoridades municipales. En 1913, se había constituido la de Sevilla, y en 1918, la de Barcelona. Por todo ello, los sectores tradicionalistas arremetieron contra el judaizante Pulido.

    Para Álvarez Chillida, “desde el inicio del protectorado español en el norte de Marruecos, en 1912, el rey Alfonso XIII y sus Gobiernos apoyaron el filosefardismo promovido por el doctor Pulido, habida cuenta del apoyo de los hebreos de la zona a la penetración española”. El fruto más importante de este apoyo fue la concesión por el Gobierno español a partir de 1916 del estatuto de protegido a los sefardíes, lo que significaba que podrían recurrir a los cónsules españoles en caso de sentirse amenazados para que defendieran sus derechos y podrían viajar con pasaporte español, aunque eso no significaba que se les concediese la ciudadanía española.

    Para Gonzalo Álvarez Chillida, la indecisa situación jurídica de los sefardíes, que estaban bajo la protección del Estado español pero no eran súbditos españoles, se intentó solucionar durante la Dictadura de Primo de Rivera con la aprobación por el Directorio Militar, el 20 de diciembre de 1924, de un Decreto “sobre concesión de nacionalidad española por carta de naturaleza a protegidos de origen español” en el que se daba un plazo de seis años improrrogables, hasta el 31 de diciembre de 1930, para que los sefardíes —aunque en el decreto no aparecía este nombre ni el de judío o hebreo— que tuvieran el estatuto de protegidos pudieran obtener la nacionalidad española, simplemente solicitándolo de forma individual en un consulado. En el Decreto también se decía que después del 31 de diciembre de 1930 ya no se concedería ningún estatuto de protegido a las personas que no hubieran accedido a la nacionalidad española en el plazo fijado.


    Decreto 20 de diciembre de 1924

    Para Joseph Pérez, el Decreto de 1924 tuvo muy poco éxito, pues sólo cuatro mil o cinco mil sefardíes se acogieron a él para pedir la nacionalidad española. Muchos no lo hicieron porque creían que ya eran españoles, y así lo entendían los gobiernos de Turquía y de los países que habían pertenecido al Imperio Otomano. Muy pocos se instalaron en España, ya que los que decidieron emigrar lo hicieron a países como Francia o Alemania, donde esperaban encontrar mejores oportunidades que en España.

    Para la profesora Celia Prados García, el elevado precio de las tasas correspondientes al procedimiento de concesión de nacionalidad, valorado en unas 500 pesetas, y la escasa difusión del Decreto en las comunidades sefardíes, hizo que el alcance de esta norma quedara limitada a muy pocas personas.

    Desde el primer momento, el Gobierno provisional de la Segunda República Española se manifestó filosemita, así como toda la prensa republicana. Alejandro Lerroux, ministro de Estado, declaró que los judíos podrían venir libremente a España al haberse aprobado la libertad religiosa, lo que fue reiterado por el embajador en Berlín, el historiador Américo Castro. El ministro socialista Fernando de los Ríos hizo un encendido elogio de los sefardíes durante el debate constitucional y afirmó que merecían una reparación —él personalmente hizo una visita a los judíos de Tetuán a finales de 1931, lo que le valió una campaña denigratoria por parte de la prensa derechista que lo motejó de “judío”— Sin embargo, estas declaraciones de principios no se tradujeron en hechos, como ya había sucedido durante el reinado de Alfonso XIII. La ley que tenía que desarrollar el artículo 23 de la Constitución de 1931 para facilitar el acceso a la nacionalidad “a las personas de origen español que residan en el extranjero”, lo que hubiera afectado a todos los sefardíes, no sólo a los protegidos, como en el Decreto de 1924, nunca se aprobó.

    Según Joseph Pérez, “los actos del gobierno de Franco, desde una fecha muy temprana no se ajustan ni al antijudaísmo ni al antisemitismo, sino que aparecen conformes con el filosefardismo tal como lo concebía Primo de Rivera. Vemos, en efecto, que, a pesar de los ataques verbales contra los judíos —las declaraciones ideológicas sobre el complot judeomasónico y la repetida aprobación del decreto de expulsión firmado en 1492 por los Reyes Católicos—, es aquella política, inaugurada en 1924, la que continúa”. Pérez aporta como prueba la creación en 1941 de la Escuela de Estudios Hebraicos adscrita al CSIC que comenzó a editar la revista Sefarad, pero sobre todo el Decreto ley de 29 de diciembre de 1948, por el que se reconocía la nacionalidad española a 271 sefardíes que vivían en Egipto y a 144 familias que vivían Grecia y eran antiguos protegidos de España.

    Para Joseph Pérez, la política de la dictadura del general Franco respecto de los judíos sefardíes y askenazíes que huían de la persecución nazi en la Europa ocupada vino condicionada por la colaboración del régimen franquista con Hitler. Así, se ordenó a los cónsules de España en Alemania y en los países ocupados o satélites del Eje que no concedieran pasaportes o visados a los judíos que lo solicitaran excepto si eran súbditos españoles, porque, “si bien es cierto que en España no existe ley de razas, el gobierno español no puede poner dificultades, aun en sus súbditos de origen judío, para evitar se sometan a medidas generales”.


    El 23 de octubre de 1940, Franco y Hitler se encuentran en Hendaya

    Sin embargo, la mayoría de los diplomáticos españoles no hicieron caso a esta orden y atendieron a los judíos, especialmente a los sefardíes que se presentaban en los consulados alegando que tenían el estatuto de protegidos, aunque éste ya no tenía vigencia y el plazo para obtener la nacionalidad había expirado el 31 de diciembre de 1930. Los cónsules sabían que “los sefardíes, como los otros judíos, corrían peligro de muerte si caían en manos de la policía alemana. Ante esta dramática situación, el cuerpo diplomático español, en toda Europa, tuvo un comportamiento ejemplar; hizo todo lo que estuvo en su alcance para aliviar la suerte de los judíos, fuesen sefardíes o no, con nacionalidad española o no. Los nombres de aquellos diplomáticos que, espontáneamente, a veces contra las instrucciones que recibían de su gobierno, hicieron cuanto estuvo en su poder para salvar a hombres y familias en peligro de muerte merecen pasar a la historia para que no caigan nunca en el olvido. Éstos fueron, entre otros, Bernardo Roldán, Eduardo Gasset y Sebastián Radigales, respectivamente cónsules en París y Atenas; Julio Palencia Álvarez y Ángel Sanz Briz, encargados de negocios en Bulgaria y Hungría; Ginés Vidal, embajador en Berlín, y su colaborador Federico Oliván; sin contar con muchos otros funcionarios de rango más modesto que les ayudaron a esta tarea humanitaria”.


    Placa en memoria de Ángel Sanz Briz en la pared de la Embajada de España en Budapest.

    Joseph Pérez, a la pregunta “¿se habrían podido salvar más judíos si el gobierno español se hubiera mostrado más generoso, aceptando las sugerencias de sus cónsules en la Europa ocupada por los nazis?”, responde “desde luego”, y añade a continuación: “Hasta 1943… Madrid no quiso complicaciones con Alemania e incluso después de aquella fecha se prestó a colaborar con agentes nazis.” Sin embargo, Pérez concluye: “A pesar de todo, el balance global es más bien favorable al régimen: no salvó a todos los judíos que pedían ayuda, pero salvó a muchos. Así y todo, es muy exagerado hablar, como hacen algunos autores, de la judeofilia de Franco…”

    La primeras Cortes democráticas, elegidas en junio de 1977, aprobaron al año siguiente una Proposición de ley presentada por los socialistas catalanes por la que se concedía la nacionalidad española a todos los judíos sefardíes con sólo dos años de residencia, equiparándolos así a iberoamericanos, andorranos, filipinos, ecuatoguineanos y portugueses que tenían el mismo derecho. En la intervención que tuvo ante la cámara en defensa de la Proposición de ley que había presentado su grupo parlamentario, Ernest Lluch (luego asesinado por ETA) se refirió a las campañas filosefardíes del doctor Pulido y a las propuestas del ministro socialista Fernando de los Ríos y justificó la Proposición de ley como una reparación de la deuda histórica que España tenía con los descendientes de los judíos expulsados en 1492.

    El 7 de febrero de 2014, el Gobierno popular de Mariano Rajoy presentó el proyecto de modificación del Código Civil por el que los judíos sefardíes que lo solicitaran podrían obtener la nacionalidad española sin tener que renunciar a la que tuvieran en ese momento. La noticia causó un gran impacto entre la comunidad sefardí de Israel, cuyos miembros colapsaron las oficinas consulares españolas de Jerusalén y Tel-Aviv pidiendo información sobre las condiciones que debían reunir y los trámites que debían realizar para conseguir la nacionalidad española.

    Pues bien, el pasado 11 de junio de 2015 se aprobó la Ley en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España, que entrará en vigor el próximo 1 de octubre de 2015. Esta ley permitirá adquirir la nacionalidad española por carta de naturaleza a los judíos sefardíes sin necesidad de renunciar a su nacionalidad originaria, aun careciendo de residencia legal en España. Solo podrán acogerse a este procedimiento los sefardís que demuestren su condición de originarios de España y además prueben una especial vinculación con España.

    Por fin se ha reparado una injusticia de hace más de 500 años.

    Espero que Uds. disfruten con esta breve referencia histórica y puedan decidir qué camino tomar ante la norma surgida de las Cortes españolas.

    Barcelona, septiembre de 2015